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El Cementerio y el Día de Todos los Santos

Origen histórico de la celebración de Todos los Santos.-

El Día de Todos los Santos se celebra el 1 de noviembre. Su origen surgió hace más de mil doscientos años en su forma actual, aunque sus raíces se remontan a los primeros siglos del cristianismo y se entrelazan con antiguas tradiciones celtas.

Ya en el siglo IV los primeros cristianos dedicaban fechas especiales para honrar a los mártires de la fe, tras las grandes persecuciones, como la del Emperador Diocleciano.

El Papa Bonifacio IV estableció una conmemoración inicial en mayo del año 609, pero fue el Papa Gregorio III quien cambió la fecha al 1 de noviembre ampliando la memoria a todos los hombres y mujer con vidas santas. En el año 835, el Papa Gregorio IV oficializó de manera definitiva el 1 de noviembre como el Día de Todos los Santos. La costumbre popular enraiza la festividad con el Samhain, antigua festividad celta que coincidía con principios de noviembre, marcando el final de las cosechas y el inicio del invierno, una noche en la que se creía que el umbral entre los vivos y los muertos se estrechabac

Costumbres y creencias.-

Las costumbres modernas —como acudir masivamente a los cementerios a llevar flores y velas, o el consumo de dulces típicos como los huesos de santo y los buñuelos de viento— se consolidaron con fuerza a lo largo de la Edad Media y la época moderna, combinándose con tradiciones locales muy arraigadas.

En La Mancha, la noche del 31 de octubre (víspera de Todos los Santos) y los días 1 y 2 de noviembre (Día de Todos los Santos y Día de los Fieles Difuntos) se vivían tradicionalmente con una mezcla de profundo recogimiento religioso, superstición popular y rituales comunitarios vinculados al recuerdo de los que se habían marchado.

Existía la creencia popular de que durante la noche de difuntos el velo entre el mundo de los vivos y el de los muertos se estrechaba, permitiendo que las almas de los seres queridos vagaran o regresaran brevemente a sus antiguos hogares. Se rezaba de forma intensa por las ánimas en pena. Era común la creencia de que las almas necesitaban la ayuda y las oraciones de los vivos para abreviar su sufrimiento.

El toque de campanas: El sonido incesante de las campanas de las iglesias durante toda la noche de difuntos tenía un sentido protector y comunicativo: no solo recordaban a los difuntos a cada hora, sino que «llamaban» a la oración y supuestamente ahuyentaban a los malos espíritus. Era frecuente que los campaneros o los jóvenes del pueblo se turnaran en la torre para tocar las campanas sin parar.

Tradiciones y ritos en los hogares alcazareños.-

  • Dejar una luz encendida (Lamparillas): Era costumbre dejar una lamparilla de aceite encendida toda la noche en la habitación o en un rincón de la casa, o colocar velas, para guiar a las ánimas de los familiares fallecidos y así elevar sus almas.
  • La gastronomía de la ocasión eranlas puches y gachas dulces: era tradición reunirse en la tarde-noche para elaborar y comer puches o gachas dulces (un plato caliente a base de harina, aceite, agua o leche, azúcar, anís y picatostes o costrones de pan frito). Con parte de las gachas se tapaban las cerraduras de las puertas para evitar que los espíritus malignos entrasen en las viviendas.

También se comían castañas asadas por primera vez en el año.

El día 1 y 2 de noviembre: Cementerios y recogimiento.-

La visita obligada al camposanto: El día 1 de noviembre (y el 2 de los Difuntos) el centro de la vida social y religiosa se trasladaba al camino del cementerio (la Puerta Cervera) y al cementerio. En los días previos al día 1, las familias acudían a limpiar las lápidas, retirar la hierba, blanquear los nichos y cubrirlos con flores frescas (especialmente crisantemos) y coronas.

Apuntes y curiosidades.-

Miguel Antonio Maldonado Felipe, en su libro “Antes y después en las costumbres alcazareñas de nacimiento, noviazgo, matrimonio y muerte”, en sus Entrevistas etnográficas efectuadas sobre los usos y costumbres de nacimiento, noviazgo, matrimonio y muerte en la segunda mitad del siglo XX en Alcázar de San Juan (El culto a los muertos e ideas populares)recoge, entre muchas más, algunas creencias particulares del pueblo:

“Existía la creencia popular de que en el lugar donde había personas enterradas se producían durante la noche ciertas luces pálidas que representarían el alma de los difuntos. Así pues, los niños se disponían en los anochecidos de verano frente a las antiguas escuelas del Santo por creer que podían visualizar fuegos fatuos procedentes del antiguo cementerio que hubo allí.”

“[…] Se creía en apariciones, ánimas en pena, fantasmas, etc., y para honrarlos se encendían lamparillas el día de todos los santos. Y respecto a las muertes violentas se colocaba una cruz en el lugar en el que una persona encontró la muerte. La creencia era que el alma del muerto vaga en el sitio donde murió. […]”.

Apuntes  de Rafael Mazuecos publicados en los fascículos de “Hombres, Lugares y cosas”:

“La Puerta Cervera

Con la construcción del Cernenterio actual tomó esta calle.la triste animación que la distingue,  modifícada según lo van imponiendo los tiempos.

En los de mi infancia, de vida más pobre, más recogida y  reposada, el esplendor que ofrecía la calle el día de los Santos, el más alegre para ella, era debido al aposentamiento de las mozas en las aceras o en los portales si el día era desapacíble.

Empezaba la fila de sillas en la casa de mi abuelo Juan Pedro, la de la Torrecilla, la Inocente la Serena y el tío Joaquín Vela. Más delante había otro núcleo muy bullicioso en la casa de Justo el polvorista. Esta acera como caldeada por el sol poniente, esteba más concurrida que la de Casto el Zurrante y el Mclínerillo Hermoso.

Las aceras estaban cubiertas de peludos para poner los pies. Se comían tostones, alcagüetas y por primera vez ese día castañas asadas.

Las mozas llevaban unas chambras con puños de volante o de puntilla, que les llegaban hasta los nudillos, botas de botones abrochadas hasta medía pierna, según se apreciaba viéndolas quitadas, porque puestas solo se veían las punteras por debajo de las sayas.

Los rnozos paseaban o remoloneaban por las esquinas atizando la hoguera amorosa con el fuego de las miradas, que entremezcladas con los lloros y exclamaciones de los visitantes del Cementerio dejaban ver el eterno discurrir de la vida por entre el llanto y la risa.

Buenos y agradables son los recuerdos de cualquier rincón del suelo nativo, pero los de aquel a que os conducía de pequeño la madre idolatrada, tienen especial ternura y en este caso el sello indeleble de una escena de dolor, el dolor famoso, causante (le la muerte del tío Juan Pedro en aquella alcoba ten grande, entre un grupo de familiares oprimidos por el violento sufrir del agonizante.”

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“Por los Santos se hacían tostones de candeal y cañamones, alternando con las piñas verdes, que desde la Virgen se solían vender.”

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“Los finaos

El día de los Santos, ha sído siempre en Alcázar una fiesta triste.

¿Que es natural?

Pues no, no lo es, porque la qente se paseaba y se divertía lo que podía. El misterio estaba en que haciendo lo de siempre, lo hacía tristemente, coma el que lleva dentro una coseja que le inquieta.

El tiempo favorecía ese pesarejo con su frialdad y con tener que sacar la ropa de invierno, pero lo esencial es que se sentía miedo. Nadie estaba completamente seguro de no ser visitado por los difuntos y que algún finao le cortara las orejas y se las pusiera de pescao; esa era la cuestión; que las almas estaban sueltas y podían tirarnos de las orejas en cualquier momento.

Todo el mundo se recogía temprano. No se veía una rata por las calles. En un rincón de cada casa había un cacharro con abundantes lamparillas chirriando toda la noche pare alumbrar a las ánimas, que vieran por donde iban, no fuera que en la oscuridad se toparan con nosotros por andar a tientas. Las campanas no interrumpían su toque lúqubre y amedrentador. En la torre se comían tortas en sartén con chocolate y apenas amanecía salían todas las viejas. – en los días tristes, como en las ciudades muertas, solo se ven viejas,- con sus mantellínas y sus rosarios a dar gracias al Señor por haberlas sacado de día tan medroso y por haber recoqido las almas con las cuales nadie quería cuentas, al parecer.”

“1882

“Por fin declaró Jaén, el primero de octubre, que la Junta de Sanidad estaba conforme en que se cantara lo antes posible el Tedeum de gracias por haber terminado la epidemia colérica en esta Ciudad, acordándose que se efectuara a las nueve del día siguiente, en Santa María, con asistencia de las autoridades y corporaciones.

Por lo reciente de los enterramientos y por poder perjudicar a la salud las emanaciones de los cadáveres,  se prohibió la concurrencia al Cementerio el día de los Santos.”

Historia de los cementerios alcazareños.-

Entresacamos notas  recogidas por Miguel Antonio Maldonado Felipe, en su libro “Antes y después en las costumbres alcazareñas de nacimiento, noviazgo, matrimonio y muerte” y de otros documentos del Archivo, como Prensa y Actas y Acuerdos Municipales.

En abril de 1787, el rey Carlos III, estableció la obligación de construir cementerios fuera de las poblaciones, en sitios ventilados y distantes de la zona urbana. Hasta entonces los enterramientos se llevaban a cabo en las propias iglesias y terrenos adyacentes. Debía aprovecharse las ermitas existentes como capillas en los camposantos. Entonces existían dos cementerios, uno para cada Parroquia. Para Santa Quiteria se eligió la capilla y cementerio de San Sebastián, y para Santa María, la capilla de Palacio y cementerio de San Juan.

El cementerio de San Sebastián tenía una superficie de 203.700 pies cuadrados con capacidad para 460 sepulcros con un terreno no del todo apropiado por su dureza y se situaba en la parte de lo que es el colegio infantil hoy en día. El cementerio de San Juan tenía 123.822 pies cuadrados, en el entorno de la capilla, y capacidad para 300 sepulturas, si bien el terreno era más adecuado para su utilidad. La costumbre de enterrar en las iglesias siguió manteniéndose hasta 1813. A partir de este año se empezaron a enterrar en los cementerios por orden de los franceses.

Esta medida de enterrar en los cementerios causó bastantes disturbios entre la población porque fue muy impopular entre los vecinos por el fanatismo religioso. Hubo más de un montín. Se enterró al niño Rufino Muñoz Serrano, de 12 años, en la iglesia, y la autoridad mandó que lo volvieran a enterrar en el cementerio. Los primeros enterramientos en los cementerios parroquiales tuvieron lugar en enero de 1813, aunque se enterraron algunos cadáveres en el atrio de la iglesia de Santa María.

Estos datos también los conocemos gracias a los apuntes históricos de Enrique Manzaneque Tapia, secretario del Ayuntamiento.

Con el tiempo se quedaron pequeños los cementerios por el crecimiento de la población debido a la llegada del ferrocarril. En el de San Sebastián, además, se levantaban los cadáveres  y restos por lo inadecuado del terreno. Esta situación obligaba a exhumar un cadáver para enterrar otro, sin cumplir los siete años reglamentarios establecidos por Ley.

En 1866 las autoridades municipales sopesaron la idea de construir un cementerio general para toda la población, cuya competencia hasta ahora pertenecía a las parroquias. Se empezaron las obras y se terminaron un año después, siendo inaugurado oficialmente por la corporación municipal el 20 de octubre de 1870 como “cementerio civil”, carente de capilla, el primero en toda en España, aunque su reglamento interior autorizaba a bendecir las sepulturas de los personas católicas. En 1875 la Iglesia obtuvo el favor de las autoridades cambiando la naturaleza del cementerio, pasando de civil a católico. Y se habilitó un sitio contiguo a aquel para enterrar a los que fallecieran y no pertenecieran a la iglesia católica.

Ilustración de José Luis Samper

Se produce un resurgimiento de la masonería en España. El movimiento librepensador dignifica los cementerios civiles. El reconocido masón Antonio Castillo Ayala, fue alcalde entre 1883 y 1890. En ese tiempo se llevó a cabo la construcción de un paseo hasta el Cementerio sorteando la carretera y se invita a los vecinos a trasladar al cementerio municipal los restos humanos de los antiguos cementerios de San Juan y San Sebastián. En 1888 este alcalde acordó construir un cementerio civil a lado del católico, inaugurado el 16 de abril, dejando atrás el de 1875. Este cementerio es al que se puede acceder por las puertas de reja a la izquierda de la entrada principal.

Recreación de la antigua entrada del cementerio civil dibujada por José Luis Samper

Todos los cambios del siglo XIX suponen a la sociedad el origen de una nueva cultura en torno a la muerte. Los cementerios se convirtieron en espacios para ser visitados por la arquitectura y la escultura funeraria con importante simbología alusiva al tránsito de la vida.

La gran mayoría de enterramientos se realizaban directamente en tierra, sin ningún tipo de lapida o losa, como mucho rodeadas de una barandilla o piedras con una cruz de madera. Las clases acomodadas tenían panteones que eran verdaderas obras de arte, neogóticas y modernistas. En 1905 se habilitó una cuartelada del cementerio civil para enterrar en ella gratuitamente a los pobres de la ciudad.

Cincuenta años después de su cierre, los cementerios antiguos, sobre todo el de San Juan, evidenciaban una degeneración muy acusada, como publicó el periódico El Despertar en 1925. Cerca de la carretera se encontraban huesos humanos, calaveras, tibias, parietales, peronés, etc. desperdigados, a merced de perros y alimañas. Se tardó meses en reparar este problema para hacer desaparecer el montículo de restos humanos.

En 1932 se promulgó una Ley que secularizó los cementerios civiles. Las autoridades debían hacer desparecer las tapias que separaban los cementerios civiles de los confesionales, demoliendo la tapia que desde 1888 separaba físicamente los dos cementerios.

Con la España franquista, en 1936 se realiza un tercer patio divisorio y ordenan que se restablezcan las antiguas tapias que siempre separaron cementerios civiles de católicos y que eliminen símbolos masones.

Con la aprobación de la Constitución en 1978 el cementerio pasa nuevamente a tener la consideración de laico siendo derribada definitivamente la tapia que separaba ambos cementerios.

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